COMUNIDAD DE LOS MOTILONES
AÑO 1983
Aparecen en la foto, al lado izquierdo: Jesús Hernando Solano Carrascal; a la derecha: Alfonso Solano Carrascal, Yalin Contreras y Freddy Solano Ortega.
LOS MOTILONES, UNA EXPERIENCIA EN LAS SELVAS DEL CATATUMBO
Escrito por:
Lic. Alfonso Solano Carrascal
Lic. Jesús Hernando Solano Carrascal
PRIMERA PARTE
Los preparativos para ingresar a una zona controlada por aguerridos motilones
“Antes de 1961 ningún hombre había salido con vida de las selvas que rodean al Catatumbo y mucho menos si osaba acercarse a una de las pocas culturas indígenas que jamás sucumbió a la presión del blanco: los barí o motilones” (tomado de: El Espectador. Revista del Jueves, No. 1046, Mayo 15 de 1997).
En Convención se tuvo noticias de la presencia motilona durante la época que se empezó la construcción de la carretera Convención-Tibú, a cargo de la compañía Sagoc.
En la trilladora “La Primavera” del micro-empresario Bibiano Solano Zapardiel, fluían noticias sobre la agresividad de los Motilones (años 1968 al 1972). Allí, mientras se procesaba el arroz o el café, los colonos procedentes de San Pablo, El Aserrío y El Tarra, comentaban sobre estas duras experiencias; “descienden de las espesas selvas del Catatumbo e incursionan en los ranchos buscando sal y panela”, se decían unos a los otros. En esas historias orales, describían la peligrosidad de sus flechas y las habilidades en el manejo del arco. Los que se salvaron de morir atravesados por las flechas, quedaron con graves secuelas físicas generadas por la punta de la macana que tenían forma de espina de pescado.
Entre los años 1970 -19 74, ya no era extraño en Convención, ver grupos de la comunidad motilona desfilar semi-desnudos por las calles, acompañados por líderes religiosos, diferentes a los católicos, solicitando ayuda médica porque las enfermedades estaban azotando a niños y ancianos. Recuerdo, la gran campaña de salubridad que realizó la Defensa Civil, en cabeza del profesor Héctor Rincón, para salvar vidas de esta tribu.
Utilizando un helicóptero, tal vez del ejército, penetró en algún improvisado helipuerto de la selva para traer al hospital Benito Ovalle a los más graves de salud y llevar personal médico hasta sus bohíos.
La estatua “El Motilón”, ubicada en el antiguo terminal de transporte de Cúcuta, era una manera de recordarnos a aquella olvidada comunidad.
Aquel monumento y las leyendas sobe Olson, motivaron a un grupo de convencionistas, estudiantes de la Universidad de Pamplona, a llevar a cabo una alocada aventura para entrar en contacto con los legendarios motilones.
Año de 1983. Se inician los preparativos. La Universidad expidió certificados de nuestra calidad como estudiantes para que las autoridades presentes en las regiones objeto de la expedición, nos prestaran las ayudas necesarias.
Existían dos rutas para llegar a la etnia motilona. La ruta por Tibú y la ruta por El Aserrío. Escogimos ésta última porque nos generaba más confianza debido al contacto comercial que tenía nuestro hermano Luis José Solano C, más conocido como “güicho” y nuestro padre Bibiano Solano Z, con los habitantes de esa región. Por informaciones obtenidas, la ruta de Tibú era más complicada debido al control que ejercía Olson y grupos armados al margen de la Ley.
En la madrugada de un día de julio, Yalín Contreras, estudiante de Lingüística; Alfonso Solano Carrascal, estudiante de Química; Hernando Solano C., estudiante de Ciencias Sociales; Fredy Solano Ortega estudiante de química y un compañero suyo, oriundo de Mutiscua; partimos de Convención, en un Jeep Willys, conducido por Luis José Solano C., hasta la entrada de la majestuosa selva. Miramos el solitario camino que debíamos emprender. En esos instantes, no pensamos cuántos días ni cuántas noches estaríamos bajo el manto selvático. El calor humano de los habitantes de El Aserrío y de los campesinos que transitaban por el camino que debíamos recorrer, nos llenaron de alegría, fé y de muchas expectativas.
Cargados de pesadas maletas que contenían: arroz, panela, sal, enlatados; peroles; elementos de primeros auxilios; elementos de aseo personal y una cámara de rollo que prestó la señora Ester de Carvajalino, iniciamos la odisea. Atrás dejamos la tienda de José de Dios (Chepe) Estrada, donde la Comunidad de El Aserrío se enteró de la intención de estos jóvenes universitarios.
Al ocultarse el sol, una familia campesina permitió, que los soñadores universitarios descansaran en su humilde hogar. La vivienda estaba construida de paredes de bahareque; techo de paja y piso de barro. El cansancio indujo en un profundo sueño a aquellos bisoños expedicionarios.
Con los primeros rayos del sol, que tenuemente entraban por las ramas de los gigantescos árboles, Fredy y Yalin, sirven el desayuno para tener alientos en la segunda jornada. A medida a transcurrían las horas, se sentía la humedad y el calor de la selva. El agotamiento físico y mental se reflejaba en la marcha lenta y silenciosa en aquel solitario sendero. De vez en cuando, alguien, giraba el rostro; su mirada se perdía en el camino ya recorrido y borrado por la espesa maleza. Otras veces, se miraba, con los ojos entrecerrados, a los empinados ascensos de la cordillera oriental, con el deseo de abandonar la tarea emprendida. No se tenía noción de nuestra ubicación geoastronómica. Los inmensos árboles y la espesa vegetación, eran nuestra compañía. La fé en Dios; establecer contacto con los indígenas y la convicción de encontrarnos en el camino con alguien conocido de nuestras familias, eran las eternas motivaciones, clavadas en el pensamiento, quizás de todos los expedicionarios. Al menos, esas eran las nuestras. Y así sucedió. En un claro de la selva, se nos acercó un conjunto de mulas que iban en el mismo sentido nuestro. Le pedimos el favor al arriero que permitiera subir a una de las mulas, las pesadas maletas. El cual lo hizo, un poco desconfiado. Pasamos duras cuestas y peligrosos desfiladeros, asidos de la cola de las bestias.
Inmersos en la selva y agotados, susurros de diversos cánticos de aves y animales arborícolas, acompañaban nuestra marcha; hermosos “tapetes” de mariposas que dormitaban, iniciaron mágicas danzas evocando pasajes literarios de Gabo y, el crujido del pisoteo de ramas secas, retumbaban en nuestros oídos en aquel caluroso y húmedo paisaje.
En esos ascensos y descensos del accidentado terreno, logramos romper con el mutismo de aquel fortuito acompañante. Hoy decimos: “nuestro Ángel de la Guarda”. Fue él quien nos guió por el camino hacia Bohío Motilón. Fue él quien nos sirvió de intérprete para que esa comunidad nos acogiera, como uno de los suyos.
Durante la acelerada marcha al lado del anónimo guía, acelerada porque ya comenzaba a caer la noche y “no es bueno llegar a estas horas a la comunidad”, nos dijo. Entonces, en medio de ese acelere, tomamos la iniciativa de presentarnos como hijo de Bibiano Solano y de contarle nuestra intención como estudiantes. El haber mencionado el nombre de mi padre, fue la mejor “carta de presentación” que pudimos haber llevado. Esto lo llenó de confianza y de compromiso personal, ya que en el pasado tuvo excelentes relaciones comerciales con él. “Ah…, a don Bibiano Solano, lo conozco desde hace rato; yo llevo arroz y maíz a trillar a allá”, nos dijo. Eso infló nuestros corazones de confianza y a todos los que lo escucharon. Hoy, aún resuenan en nuestras mentes esas maravillosas palabras que hasta se nos aguan los ojos.
A menos de quinientos metros del bohío, nos detuvimos. El arriero se fue en compañía del compañero oriundo de Mutiscua. Lo escogimos como nuestro representante por su parecido físico con los motilones. La espera fue tensa. Lo vimos cuando descendieron en la planada de la casa motilona. Su presencia generó alboroto en la comunidad. Anhelamos poder descifrar aquella algarabía para saber si nos permitían el ingreso o teníamos que regresar sin cumplir la misión. Temíamos por la integridad física del compañero y a la vez, confiábamos en las buenas relaciones que tenía el arriero con los motilones. La mirada no se desviaba de aquella arquitectónica vivienda iluminada por la luz de una esplendorosa luna llena. La suerte estaba en las manos del jefe o cacique y de las recomendaciones de nuestro afortunado guía e intérprete.
Nos contagiamos de regocijo con las buenas noticias del Mutiscuano. Ansiosos marchamos detrás de él. Nos ubicamos cerca de una de las entradas de aquella imponente construcción. Hombres semi-desnudos, con linternas en mano, nos rodearon. La presencia del amigo de mi padre, hacía menos temeroso el encuentro y la estadía. Agotados y hambrientos, nos sentamos alrededor de un improvisado fogón que armaron diligentemente Fredy y Alfonso. Se hizo a imitación al de uno ellos, en donde un grupo de hombres indígenas tenían ahumando pescados recién cogidos en algún río cercano.
Estando consumiendo nuestro alimento, a la intemperie, extraños sonidos gesticulaban los indígenas allí presentes. El intérprete rápidamente nos informó que se estaban burlando de nosotros. “Para ellos, los únicos que comen fuera del bohío son los animales”, nos dijo. Sintiéndonos ridiculizados, recogimos las pertenencias. Ingresamos tímidamente a la vivienda comunal y nos sentamos en unas hermosas esteras hechas delicadamente con algún tipo de bejuco o corteza que por allí debe darse. Eran muy parecidas a unas que traían de la Costa Atlántica, los viajeros que iban con rumbo a Venezuela y que a veces las vendían en la breve parada que hacían en la oficina de Coopetrán (Convención), atendida por Diana, la hija de Bernabé Meneses. Habrían transcurridos unos cuantos minutos, cuando ya estábamos rodeados nuevamente por un considerable grupo de hombres, con gestos nada agradables, que nos intimidaban. Allí estuvo diligentemente nuestro amigo para salvarnos de la furia motilona. “Están sentados en el comedor de ellos”, nos gritó. Y como alma que lleva el diablo, ya estábamos de pie, sin saber qué hacer. Nos sentíamos confundidos e ignorantes. Las ínfulas del citadino y del universitario, estaban por el piso! A partir de ahí, nos propusimos ser más precavidos. De este nuevo impase, nos sacó el anónimo guía, quien rápidamente nos ubicó en las hamacas disponibles para nosotros (los motilones blancos como empezaron a llamarnos). Así pasamos la primera noche en el bohío.
PROXIMAMENTE...SEGUNDA PARTE.
Sus comentarios constructivos son importantes para nosotros.
Buena investigación, interesante su aporte
ResponderEliminarGracias
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