BICICLETAS Y HAZAÑAS EN CONVENCIÓN (N.S)
Por: Jesús Hernando Solano Carrascal
El primer registro que hay sobre la historia de la bicicleta en Colombia, se da en 1884 a través de un medio de comunicación conocido como “Papel periódico”. Por medio de este medio de comunicación se conocieron los primeros accidentes de tránsito generados por las bicicletas en Bogotá.
En Convención, desconozco datos exactos sobre su aparición. Su presencia como vehículo de transporte fue en una época tardía, dadas las altimetrías de nuestro municipio y a las malas condiciones de los caminos de herradura. Tener una bicicleta en Convención era un lujo.
Durante mi infancia en el barrio El Camellón, nunca vi una cicla. Y eso que era la calle más plana, empedrada y comercial del pueblo. Por esta calle, nuestros campesinos se movilizaban a lomo de mula, burros o caballos hacia las distintas veredas que en verano, el viento levantaba torbellinos de polvo y en invierno, el lodazal hacía aún más difícil su tránsito. Imposible imaginarse a nuestro labriegos movilizándose en las pesadas bicicletas hacia Romerito, Balcones, Soledad o por las travesías de Teorama.
Entre los años de 1966 y 1967, un convencionista procedente de Venezuela se pavoneaba por las polvorientas calles de La Cadena, con una cicla, que hoy podemos decir “todoterreno”. Tenía un marco de hierro pesado, llantas gruesas y grandes; parrilla en la parte trasera en donde montaba algunas cajas de cartón; sillín grande de cuero; manubrios anchos y plateados de donde se desprendían unas varillas que portaban unos cauchos para frenar; guardabarros, que muchas veces se los quitaba para poder frenar con la suela del calzado, en caso de emergencia. La farola en la parte delantera no podía faltar. Esta era alimentada por un dínamo (generador eléctrico) adherido en la tijera posterior que se ponía en acción mediante el rozamiento con la rueda trasera.
Miro, “huevo de pisca” le decían. Fue el primer ciclista que conocí en el sector de La Cadena o La Primavera. Sus recorridos, generalmente matutinos, eran cortos. Empinado sobre los pedales, salía a paso lento de su casa ubicada cerca de la trilladora “La Primavera” de propiedad de Bibiano Solano (vía a Cúcuta) hasta el negocio de Chuma Sanguino y viceversa.
Años después, aparecieron otros ciclistas, entre ellos, “El mono Cañas”. A este comerciante, era gracioso verlo montado en su burra de hierro. Así se les conocía a este tipo de bicicletas en nuestro pueblo. Digo que era gracioso porque le gustaba hacer piruetas. Casi todas las noches, en la calle del comercio o La Primavera, se generaban aglomeraciones para admirar las acrobacias que hacía sobre su burra. También era una buena ocasión para deleitar un barquillo (cono de crema) que él preparaba y vendía.
Poco a poco, el barrio La Primavera se fue llenando de bicicletas. El terreno semiplano facilitaba realizar ciclo paseos en las solitarias noches convencionistas. Y no eran propias. Se pagaba por el tiempo que el cliente durara en ella. Así apareció el primer sitio de alquiler de bicicletas en casa de Lizandro Navarro. Eran bicicletas medianas y en mal estado; pero bueno, nos dio la oportunidad de aprender a montar en un aparato de dos ruedas. Al principio algún pegote nos empujaba y al no tener la habilidad para controlarla, resultábamos estrellándonos contra algún andén. Por lo general eran las puertas de la droguería de Chacón quien nos bautizaba. Pero la insistencia autodidactica no nos privó del goce nocturno que producía el ir desde la estación de gasolina “Lucitania” de propiedad de Roberto Carrascal hasta el negocio de Chuma Sanguino.
Para el año 1970, la bicicleta ya se había popularizado en Convención. Las calles empedradas habían dado paso a la modernidad. Ahora, las principales calles de mi terruño facilitaban el rodamiento de bicicletas más livianas, acordes a los avances técnicos de la época.
La avidez por la cicla, hizo que quien escribe, en compañía de Carlos Rey trajéramos de la ciudad de Ocaña, unas bicicletas de manubrios curvos, con rin delgado y frenos de guayas, comúnmente conocidas como de semi-carreras (sin cambios) y niqueladas que fueron el furor en el barrio La Primavera. La competencia no dio espera…ya no era extraño ver talleres frente a la Iglesia Monte Carmelo, La Plazuela, Palo Redondo o en La Quebradita.
Con las radiotransmisiones de competencias como la vuelta a Colombia o la Vuelta al Táchira, se despertó en nuestros paisanos el deseo de realizar trayectos más largos, empinados y vertiginosos como era descender por la calle quinta hasta la cárcel y ascender dificultosamente por la calle Central o cuarta. Desde Palo Redondo, cerca de la casa de don Marcos Meneses, se impulsaban hasta la semi planada de Ramón Saraza. Aquí tomaban aire para continuar zigzagueantemente hasta el repecho en donde estaba ubicada la tienda de Ramón Plata y el depósito de víveres de Chuma Sanguino.
En otras ocasiones, en vísperas del día de La Virgen del Carmen, se realizaban competencias desde el Barrio La Primavera hasta el sector de La Laguna. Muchos se hacían presentes en la línea de partida; pocos llegaban a la línea de meta. Al final de la jornada deportiva, comentaban que se habían quedado rezagados en el sector de La Curva. También se hacían circuitos alrededor del parque o desde el parque principal hasta El Trópico.
Tiempo después, el profesor Fernando López, alma del deporte convencionista, impulsó esta actividad, llevando a Arides Contreras y a Carlos Rey a competir en Ocaña. Como estudiantes del Guillermo Quintero Calderon, en más de una ocasión acompañamos a estos sobresalientes corredores en la “doble Ocaña-Abrego”, en un camioncito contratado por los padres de familia.
En cierta ocasión, atrajo la admiración de los convencionistas, un practicante de este deporte que tuvo la osadía de permanecer 24 horas montado en su caballito de acero, girando alrededor del parque, parque que todavía conservaba unas guayas gruesas que según cuentan, pertenecieron a la estación del cable aéreo que funcionó entre Ocaña y La Gloria buscando una ruta por el rio Magdalena hacia la Costa Atlántica.
Esto fue un gran espectáculo. Era un día domingo y como muchos recordarán, después de la misa de siete de la noche, no podía faltar el tradicional paseo por el parque. Se daban no sé cuentas vueltas acompañado de familiares, amigos, amigas o compañeros de colegio. También era costumbre sentarse en una de las bancas para tertuliar mientras se llegaba la hora de dormir.
En aquella oportunidad, el foráneo ciclista, ávido de recursos económicos para participar en La Vuelta a Colombia, desencamó al pueblo que hasta altas horas de la madrugada permaneció expectante alrededor de aquel sitio público. Unos sentados en el atrio para poderlo observar bien; otros, meciéndose en la guayas frente al Colegio de La Presentación o frente de la casa de don Campo Elías Salazar. En el trayecto de su rutina ciclística, los presentes les dejaban monedas en el piso para que el foráneo las recogiera en pleno movimiento y cada vez que lo hacía, el público no escatimaba aplausos para sus acrobáticas acciones. La curiosidad de ver en qué momento el foráneo descendía de la bicicleta para cumplir sus necesidades fisiológicas y el perifoneo con la voz gruesa y elocuente del profesor Fernando López, hacía imposible abandonar el improvisado ciclodromo recubierto de baldosas grises y rotas, que muchas veces fueron objeto de habilidosas maniobras.
Para rematar la hazaña en el “ciclo-parque”, la
presencia de Arides Contreras, como promisorio representante del ciclismo
convencionista, agitó el ego de los presentes. Los dos ciclistas comenzaron a
rodar con la promesa de regalarnos un final de infarto, en donde entrarían en
juego las capacidades para la velocidad. Y la espera no fue en vano: Arides
Contreras salió airoso en esta improvisada competencia.

